15 dic. 2011

ROMEO Y JULIETA



Suena el timbre. Ruido y alborozo en el pasillo. Adolescentes con los nervios a flor de piel se apresuran para entrar a clase antes que empiece la prueba.
Todos saben que se juegan mucho, la mayoría se lo han preparado, pocos pasarán con éxito…pero sólo a dos no les importa: María y Ahmed viven su historia absortos en sus sentimientos, sus gestos mutuos y sus guiños.
Es sabido por todos que su historia de amor está por encima de la edad, la pasión, los besos escondidos y los comentarios típicos. Pero hay alguien a quien le parece que esta relación rompe con los estándares morales, culturales y religiosos establecidos en los años en los que el “sí señor” y “a sus órdenes, señor” era lo correcto. Para el sr. Antonio, médico de profesión y falangista de devoción es intolerable que su hija ame a un individuo, cuya “raza” pone en peligro el bienestar nacional.
Ahmed y María viven su historia a escondidas de la prohibición expresa del progenitor, salvando día a día las emociones y luchando noche a noche para que no se pierdan.
Pero lo que María desconoce es el desasosiego que está mermando las fuerzas a Ahmed en su lucha continua por mantenerse en pie y con firmeza…
Empieza la prueba. Sobre los pupitres, un comentario de texto de Romeo y Julieta de Shakespeare, con la pregunta: Aplicaciones y equivalencias de la tragedia shakesperiana en el s.XXI. 
Sesenta minutos para demostrar, pasar o ignorar. María, con la vista fijada en el papel y la mano reposada en la mesa, se percata de pasos rápidos acercándose a su espalda que le susurran tiernamente y con ritmo entrecortado: Adiós, te quiero.
Inmediatamente alza la vista y distingue, entre figuras enfrascadas en el comentario, la silueta esbelta, perfecta y excitante de Ahmed saliendo del aula con paso acelerado…
Han pasado treinta minutos desde el inicio de la prueba y María ya no aguanta más la incertidumbre creada por Ahmed en el momento de su huida. En el preciso momento en el que se decide a ir en su busca, entra en la sala el director del centro, se dirige hacia ella y con voz temblorosa y ojos húmedos por las lágrimas le indica: Acompáñame.
Sus pasos siguen sin rechistar a la figura imponente y vetusta del director, que se dirige hacia el gimnasio. Entran y…la escena que aparece no puede ser más dantesca, inexplicable y a la vez, triste: Ahmed en el suelo, ojos cerrados, labios entreabiertos delimitando una sonrisa irónica y seca. La mano izquierda sostiene un libro abierto y la derecha un papel doblado. María se abalanza sobre el cuerpo inerte y le susurra: Porqué? Retira el libro, fija su vista en la página que está abierta, la 211, y lo único que ve son dos frases marcadas con color llamativo: En la parte superior, Romeo y Julieta de William Shakespeare, y en la parte central, la vida es mi tortura y la muerte será mi descanso. Retira después el papel de la otra mano y observa que se trata de una carta, escrita a mano, que Ahmed le dedica:
María ,cariño, perdóname; he sido un cobarde, no he sabido cómo salvar la vida. Mientras estaba ahí lo he hecho lo mejor que he sabido, pero me rindo, no puedo más.
Deja que me vaya en paz, no me odies. Quiero que tu corazón ame, sienta y palpite por los dos. Ante todo, sé feliz.


EGIPCIA

Se conocieron en una tarde lluviosa, como otras muchas tardes del mes de Abril, cuando el sol parece que no se atreve a despertar del largo letargo hivernal.
Los paraguas se convertían en esos momentos en los protagonistas y lánguidos transeúntes de la calle, sostenidos por blancas y mojadas manos que se cruzaban entre luces rojas y verdes de neón.
La lluvia arreciaba, lo que parecía una llovizna de primavera se estaba convirtiendo en tormenta impetuosa, con lo que Carlos empezó a correr, sorteando charcos y charcos hasta que entró en el primer portal que encontró abierto.
Después de secarse el agua que le resbalaba por el rostro y abrir los ojos, la imagen que apareció ante él parecía la estampa del interior de una pirámide de Egipto.....paredes ocres, faltas de adornos y cuadros... tan sólo una estantería con libros viejos y polvorientos de entre los cuales pudo ver una lámina que dejaba entrever: EGIPCIA.
Por un momento se quedó pensando en la casualidad en la que estaba inmerso en ese momento: un egiptólogo en un habitáculo urbano parecido a una cámara faraónica de una pirámide; mientras observaba el detalle de la estancia, apareció, como por arte de magia, una silueta esbelta, difuminada por la sombra que producía la tenue luz de la habitación.
Cuando fijó la mirada sobre ella, descubrió el más bello e intrigante rostro que nunca había visto: Ojos negros delimitados por una fina línea negra con forma de cola de golondrina, que además de realzar la belleza de la mirada, la protegía. Los párpados verde pradera y el pelo negro azabache completaban una perfección silenciosa que acompañaba a unos labios sangre.
A la pregunta de: ¿Quién eres?, siguió la respuesta: Isis.
En ese momento, Carlos notó una punzada intensa en la pierna, a la que le siguió una sudoración fría que le recorrió todo el cuerpo. Isis se acercó a su rostro y, levantando la mano, le aproximó una cruz dorada al tiempo que le susurraba: Este es tu Ankh.
El último aliento de vida de Carlos llegó con el beso suave y húmedo de Isis, al tiempo que un escorpión salía de la estancia.